martes, 15 de mayo de 2012

SANTA TERESITA DEL NIÑO JESUS: ALMA SIMPLE

SANTA TERESITA DEL NIÑO JESUS: ALMA SIMPLE


Sin duda, una de las medulares enseñanzas del evangelio, que más comporta el ser del cristiano, que más conforma su personalidad y existencia a las divinas exigencias de Nuestro Señor, es la humildad. Probablemente el pasaje evangélico que más nos ilustra esta verdad es Mateo 18:1-14, donde el Señor, ante la presuntuosa pregunta de los discípulos, de quien seria el mayor en el reino de los cielos, llamó un niño y lo puso en medio de ellos, y dijo “En verdad os digo: si no os volvéis y hacéis como niños no entrareis en el reino de los cielos. Quien se haga pequeño como este niño ese es el más grande en el reino de los cielos…”; y así continua diciendo el valor inestimable que tienen ante el Padre sus discípulos, a los que llama pequeños, pues son como niños que creen y por tanto viven con sencillez de corazón su Palabra.

Y así, a lo largo de la historia de la Iglesia, el Señor nos ha dado muchísimos ejemplos de hombres y mujeres que han encarnado esta verdad de manera especial y singular, como verdaderos modelos, ejemplos a imitar, para lo cual les ha dado el honor de los altares, sin embargo ningún ejemplo nos ha dado tan típico y ajustado a estas enseñanzas, tan puro, claro y radical para con esta exigencia, como el de Santa Teresita del Niño Jesús.

Y es que en ella se trataba de una condición casi natural, que fue potenciada al máximo por la acción de la gracia de Dios, con la que colaboró ejemplarísimamente, no se trataba de algo como añadido a su vida, sino que llenaba toda su existencia, partiendo de convicciones doctrinales profundas que irradiaban todo su ser cristiano, espiritual, intelectual y existencialmente, estando en correspondencia con la condición innata de su alma; era pues para ella algo muy propio, para lo que había sido escogida manifiestamente por el Señor, para mostrar a la Iglesia y al mundo con claridad meridiana sin igual, lo que quiso decir con “hacerse niños”.

Era por tanto tan evidente esta cualidad en Santa Teresita, que no podía pasar por alto a sus hermanas del convento, que en seguida advirtieron este rasgo suyo, por lo que apenas ingresada, la reverenda madre subpriora, Sor Febronia, le dijo estas palabras: “Hijita, me parece que no debes tener gran cosa que decir a tus superiores, porque tu alma es extremadamente simple, pero cuando seas perfecta será todavía más simple. Cuanto más se acerca uno a Dios, tanto más se simplifica”.

Aquí tenemos pues, una aguda observación e interesante declaración; pero, ¿que significa un alma simple?, pues primero que todo pura, como claramente se deja ver al decirle “que no debes tener gran cosa que decir a tus superiores”, es un alma sin graves pecados, sin tormentos ni remordimientos, sin rencores, sin dobleces, sin lastres, pero cuya pureza le viene de su sencillez y humildad, así como la luz es el elemento más simple en la creación, por ser el más sencillo, y así es el que más nos recuerda a Dios, que es luz (1Juan1:5; 1Timoteo 6:16; Apocalipsis 21:23), por lo que es muy cierto lo que le dice seguidamente: “cuando seas perfecta será todavía más simple. Cuanto más se acerca uno a Dios, tanto más se simplifica”, es decir, cuando el auxilio de la gracia de Dios te lleve a la perfección, te hará más simple, o sea más pura, más sencilla, más humilde, pues mientras más te acerques a Dios que es la pureza infinita, más así serás, lo que en efecto plenamente se verificó en su vida religiosa.

Es por esto, por lo que fue el instrumento escogido por Nuestro Señor, para hacer una verdadera renovación en la vida cristiana, ya que insatisfecha su alma con los métodos predominantes en la vida religiosa y la concepción cristiana de su época, más ocupados en la justicia divina, y en como satisfacerla con fuertes y rigurosas penitencias y sacrificios, que en el infinito amor y misericordia de su Sagrado Corazón, se propuso un camino nuevo, muy recto y muy corto, un camino muy sencillo y puramente evangélico, que está en plena correspondencia con la sencillez y pureza de su alma, y con la gran sencilla profundidad del evangelio, que no por gusto se convirtió en el único alimento que satisfacía su alma.

Así pues, con esa bendita sencillez, colocó en su justo lugar, en orden a su importancia, la relación entre fe y obras, en pro de la santificación, corrigiendo las peligrosas desviaciones hacia un rigorismo farisaico que atentaba contra la genuina y autentica santidad cristiana y evangélica, correspondiente a la verdadera Tradición de la Iglesia, vivida por todos los santos y eminentes cristianos de su historia. No se trata de negar las obras, como hizo Lutero, y así el valor de toda mortificación, sacrificio y penitencia hecha en Jesucristo, lo cual es antievangélico y anticristiano, después que Nuestro Señor vivió siempre una vida sumamente mortificada, naciendo y viviendo siempre en total pobreza, ayunando cuarenta días en el desierto, pasando noches y madrugadas en oración, viviendo de forma itinerante en su ministerio público, no teniendo donde recostar su cabeza (Lucas 9: 58), y padeciendo la más cruenta pasión y muerte por nuestros pecados, para ser como diría Isaías, varón de dolores, experimentado en quebranto (Isaías 53: 3), como así también los apóstoles, los mártires, y todos los santos y santas de Dios; sino comprender que en la vida cristiana, tal y como nos enseñó y vivió nuestro Maestro, lo primero es la fe, la autentica fe, que es confianza y abandono en la palabra de Dios, y así confianza y abandono plenos en su amor, bondad y misericordia infinitas, y entonces a partir de ello y por su medio, alcanzamos un progresivo y creciente amor a Dios, por la obra que su gracia opera en nosotros al creer, lo cual nos lleva a hacer cada vez más grandes obras de amor, teniendo en cuenta que su valor o grandeza no viene dado por la magnitud de la obra, sino por el amor a Dios y al prójimo con que se hace. Guiada por este principio, Santa Teresita no puso su confianza en las grandes penitencias y sacrificios establecidos en la regla de su orden, sino en el amor infinitamente misericordioso de su Señor, que se complace en los débiles, pobres y humildes que ponen su confianza en El, para así con la fuerza de Su amor en ella, cumplir con verdadero sentido evangélico estas mortificaciones y penitencias, más otras que ella ingeniaba continuamente; porque el amor es así, creativo hasta el infinito, como decía San Vicente de Paúl.

Así, mientras otras religiosas se atormentaban por su salvación, en la complicada trama de sus pecados y la satisfacción que por sus penitencias alcanzaban de estos, Santa Teresita simplemente confiaba cada vez más en la misericordia infinita de su Señor, que en su ardiente amor en nosotros quema todo lo sucio, y nos lleva al verdadero y perfecto agrado de El, y que siempre suple a nuestras debilidades porque se complace en nuestra buena voluntad, mirando más la intención del corazón que el resultado de la acción.

De acuerdo con esta convicción, y según la sencillez de su alma, simplificada cada vez más por la gracia, cualquier pequeño sacrificio, por sencillo que fuese, hecho con verdadero amor, podía ser útil a la Iglesia, a la obra misionera, a la santificación de los sacerdotes, y en general de todos sus miembros; desde el sentarse sin apoyar la espalda, aceptar de buena gana el salpicado de agua sucia hecho por una hermana en el lavadero, o el molesto ruido hecho por otra en el silencio de la oración, detrás suyo, privarse de los manjares en las comidas o quitarles el buen gusto con ajenjo; además de las mortificaciones netamente espirituales, que eran su especialidad, y que consideraba más eficaces, las que iban directamente contra el amor propio, como buscar la compañía de las hermanas de carácter difícil, con las que nadie quería tratar, o aceptar humildemente y sin replicar cualquier injusto reproche.

También en la oración, que junto con las penitencias conforman las armas espirituales de la carmelita en función de la Iglesia, su inclinación por lo simple y sencillo quedó manifiesto, pues aunque compuso no pocas oraciones escritas, algunas largas, profundas y complejas, como la de la ofrenda al Amor misericordioso de Dios, en su oración diaria y común era amante de pocas palabras, como pidió el Señor (Mateo 6:7), por lo que decía: “las almas sencillas no necesitan medios complicados” o “ ¡Que grande es el poder de la oración! Se diría que es una reina que tiene en todo momento libre acceso ante el rey y puede obtener de él todo lo que pide. No es necesario para que se nos escuche que leamos en un libro una hermosa formula compuesta para la circunstancia. Si fuera así, ¡pobre de mí! Fuera del oficio divino, que soy muy indigna de recitar, no tengo valor para sujetarme a buscar en los libros hermosas oraciones. Me da dolor de cabeza. ¡Son tantas!, y además una es más bella que la otra. No podía recitarlas todas, y al no saber cual elegir, hago como los niños que no saben leer. Le digo sencillamente a Dios lo quiero decir, sin frases bonitas, y siempre me comprende.

Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada hacia el Cielo, un grito de agradecimiento y amor en medio de la prueba o en medio del gozo. En fin es algo grande, sobrenatural, que me dilata el alma y me une a Jesús”.

Ahora podemos pues comprender con más propiedad, lo que significa “hacerse niños”, que no es en el conocimiento ni en la sabiduría, ni en nuestra forma de pensar y actuar, que debe tener cada vez mayor madurez, como indica el apóstol (1Corintios 14:20), sino en la malicia, como el mismo nos recalca, imitando esa pureza y sencillez a la hora de relacionarnos con Dios y con los hermanos, sabiendo primero que todo tener esa sencilla y humilde confianza en las infinitas riquezas de su gracia, sabiduría y bondad, para que podamos ser inundados de su Espíritu, el más grande don, y por El llamar a Dios Padre ¡Abba!, es decir, papito (Romanos 8:15), como el mismo Señor le llamaba (Marcos 14:36), no estando tan pendientes de su justicia, que aunque existe, está guiada siempre por el amor, que es su verdadera esencia (1Juan 4:8), y es siempre para provecho de nuestra salvación (Hebreos 12:5-13), en todo lo cual Santa Teresita nos dio un clarísimo ejemplo, y así como ella podamos, a partir de esta confianza, ser progresivamente más y más inundados de la gracia de Dios, para que colaborando con ésta al máximo como ella hizo, podamos dar el fruto de amor al prójimo y santificación de nuestra alma que ella obtuvo.

JUAN DAVID MARTINEZ PEREZ.







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